Cultura de la Violencia

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Por Andrés García

Un noticiero de televisión muestra en el prime time las crudas imágenes de una niña sobreviviente en la Franja de Gaza, tras un nuevo ataque de Israel en inmediaciones de un hospital de la zona. A la pequeña, de unos nueve años de edad – de ojos grandes y mirar tan profundo como la incomprensión que le asiste ante el acto inhumano ocurrido – le falta una de sus extremidades superiores. El registro audiovisual no podría ser más descarnado y brutal.

 

El rostro de la infancia, que debería siempre estar caracterizado por una sonrisa, sueños y expectativas ante la vida, evidencia de golpe la insensatez de los reprochables actos cometidos por los adultos que indolentes – entre insulsas justificaciones culturales, político históricas – se pavonean por calles donde la  sangre corre en medio de los escombros en un territorio cuya soberanía se disputan dos pueblos hermanos, tan similares en sus necesidades como distintos en su visión, como Caín y Abel.

 

Algo en la presente generación, tomadora de decisiones, no se está haciendo bien. Todo lo contrario, la estúpida manera con la que la humanidad suele imponer su punto de vista y resolver sus diferencias, por medio de la guerra y la violencia, amputando sueños y cuerpos, nos está costando más vidas humanas.

No es necesario observar otras latitudes del orbe para comprender que la desgarradora escena social no acontece únicamente en el medio oriente. Colombia no escapa a esta Cultura de la violencia. Tan execrable como lo ocurrido a esta joven en Gaza es observar localmente a algunos indígenas de nuestros resguardos pasar hambre, dormir en las calles y mendigar por las grandes ciudades o el hecho de que la ablación del clítoris de sus mujeres continúe realizándose en algunas de sus comunidades.

El silencio social es tan responsable de lo que acontece como la mano que amputa, en medio oriente o aquí. La apatía no tiene idioma, etnia, nacionalidad ni bandera. Tan reprochable es lo uno como lo otro, solo que la Cultura de la violencia – al amparo de una débil moral carente de cualquier asomo de ética – suele escudarse tras frágiles argumentos que alivianan el peso de la conciencia, callando aquello que no se puede callar. 

 La Cultura no es lo que hacemos. La Cultura es lo que somos y si esta Cultura de la violencia es lo que somos, algo definitivamente está funcionando mal. *Director de Cultura de Risaralda. (Foto: Obra del Maestro Obregón).