Cuando ser fuerte es tu única opción

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CUANDO SER FUERTE ES TU ÚNICA OPCIÓN

Por Andrés García

“Nadie sabe lo fuerte que es hasta que ser fuerte es su única opción”, Bob Marley. Por estos días de profundas tribulaciones personales – a raíz de las dificultades de salud que un miembro fundamental en mi familia ha enfrentado – y que la vida, sin excepción, tarde o temprano nos plantea a todos en algún momento en este plano de la existencia, la frase del mítico cantante y compositor jamaiquino no deja de rondar mi cabeza al observar que ser fuerte en la vida, además de una opción, es una estrategia de supervivencia; sin embargo, no lo es todo.

Charles Darwin decía que la especie que sobrevive no es la más fuerte, sino la que la mejor se adapta. Pues bien, agregaría yo al enunciado del científico inglés, quizás uno de los más influyentes en la modernidad, a propósito de su disertación en “La Teoría sobre la Evolución de las Especies”, que para aprender a adaptarse a los cambios, hay que ser fuerte. Una especie débil, difícilmente sobrevive. Una especie fuerte, logra  maniobrar, contempla opciones, revisa alternativas, actúa, no se queda inmóvil y por el contrario avanza hacia adelante, así el siguiente paso esté revestido de un completo e inminente riesgo. ¿De dónde proviene entonces la fuerza que nos asiste?

No me detendré a narrar los últimos 22 días porque estoy convencido de que hablar de enfermedad, atrae más enfermedad. Todo lo contrario. Mi frecuencia vibratoria es un canto permanente de alegría para con la vida y como todo buen canto alegre, está caracterizado por un pentagrama compuesto de notas de salud, entusiasmo, positivismo y, sobretodo, mucha energía, tal cual soy hoy. Quienes realmente me conocen, pueden dar testimonio de ello. Quienes dicen creer conocerme, seguramente no.

En su lugar me concentraré en ahondar más profundo en el convulsionado mar humano, a fin de identificar de dónde proviene esa fortaleza que nos rescata en las noches más oscuras o, al menos, procuraré describir lo que en mi caso ha funcionado, impidiéndome el desplome cual castillo de naipes, evitando que en un momento de presión mande todo a la misma mierda cuando el tsunami de las emociones intempestivamente nos arrastra como la ola que enviste a la desprevenida gaviota que inocente se posa en la playa.

La vida de todos está llena de contraste; es decir, altibajos que a manera de una montaña rusa nos sacude al vaivén de un giro intempestivo del azar. Hoy tienes dinero, mañana no. Hoy estás aquí, mañana allá. Hoy gozas de salud, mañana la extrañas. ¿Cómo no sucumbir entonces ante la bofetada proporcionada por un giro inesperado del porvenir? No tengo la respuesta final a este dilema. Lo que si puedo compartir es que en esos momentos de complejidad, la mente juega un papel preponderante a la hora de interpretar lo que nos sucede. La percepción de lo que pasa es una construcción mental y, por tanto, lo que se percibe frente a lo que sucede depende –  en gran medida – de la manera cómo entrenamos la mente para hacer frente a las situaciones que la vida provee.

La mente es nuestra mejor amiga o peor aliada, dependiendo de cuán entrenada esté. Puede ser ese tanque de agua por donde pasas el hierro caliente que la vida te ofrece. Ahora bien, por encima de ella – y más importante aún – se erige algo mucho más fuerte que mil ejércitos, integrados cada uno por mil hombres: El Espíritu. Desde mi testimonio personal, alinear esa Mente con el Espíritu es mi gran y única fórmula para hacer frente a las dificultades, apaciguar los ánimos, ganarle la partida a las emociones adversas y asimilar siempre que detrás del miedo está el amor, la energía más poderosa que existe en el Universo. Si ser fuerte es una opción, ¡Ser ese Espíritu, lo es todo!