Por Andrés García
Corría la década del ochenta y sonaba en la radio una salsa boricua, abrigadora, de ritmo acentuado, definido, con mensajes únicos y reveladores. Su estilo marcaba una época donde la denuncia social, la sátira, el espíritu contestatario y cierto aire de rebeldía impregnaban el pentagrama de sus canciones. ¿Quién canta? Pregunté entonces, siendo un pequeño que recién se asomaba a su adolescencia, impactado por los mensajes de un cantautor que rompía con los modelos musicales convencionales, al menos los que yo conocía. “Willy Colón”, dijeron mis amigos.
La música del neoyorquino, de ascendencia puertorriqueña, se instalaba en la programación de las emisoras tropicales y de salsa y, de paso, en el corazón de sus escuchas quienes como yo estábamos fascinados por los mensajes de sus canciones, acompasados por ritmos salseros originales que distaron de la salsa de motel que intentaron meternos contra natura. Desde entonces, la música de William Anthony Colón Román, Willy Colón, nacido en el Bronx de Nueva York, cantautor y trombonista, es la banda sonora que ha acompañado diferentes fases de mi vida.
Escuchar su música es como viajar en una máquina del tiempo para rememorar amores, amistades, circunstancias, momentos que integran el mosaico de la experiencia. Desde los trabajos realizados junto a Héctor Lavoe bajo el sello la Fania Records, “Pedro Navaja” cuya letra escenificamos en un grupo teatral del colegio con una obra de pésima factura y “Juanito Alimaña”, hasta “Gitana” la canción más sonada en el baile de graduación, “Un Bem Be pa´ Yemaya” a dúo con Celia Cruz, canción que me recuerda mis inicios en la Universidad, la música de “El Malo del Bronx” como era apodado, marcó varias décadas, gracias a su ritmo latino, originalidad y cadencia.
Donde suena Willy Colón, se prende la rumba buena. La magia de sus canciones tiene el poder de tocar generaciones enteras, las cuales – al son de su lírica y poéticas letras – convoca a personas de todas las edades, arremolinadas por sentimientos afines que solo un poeta rebelde como él logró traducir en estrofas y coros atemporales, sonoros, deliciosamente plasmados en grabaciones y conciertos en vivo a los que, por fortuna, podemos acudir gracias a las plataformas tecnológicas actuales.
“Ese que va allá es Willy Colón. Yo quiero una foto”, le dije a mi familia en una ocasión que estábamos de tránsito en el aeropuerto internacional de Tocumen en Panamá. “Que va a ser él”, me respondieron. Y lo era. Me quedé sin la foto, pero atesoro su música. Gracias Maestro por compartirnos tu talento. In Memoriam.
*Secretario de Cultura de Risaralda.





