Un Presidente por testigo

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Por Andrés García

Domingo 25 de diciembre, 5:14 a.m. Un taxi se encuentra mal estacionado frente a la salida de un reconocido sitio nocturno, ubicado en plena zona rosa de un barrio popular de la ciudad. Cajas de licor ya vacías, restos de empaques de regalos, vasos plásticos usados y colillas de cigarrillos son, entre otros, algunos de los vestigios que testifican la celebración acontecida en la noche previa a la navidad.

El  conductor del vehículo de servicio público, vestido con chaqueta abultada y gorra a cuadros que le cubría medio rostro, observa sigilosamente que en lo posible nadie se percate de su presencia, en tanto aguarda la encomienda por la que ha sido contratado recoger. 

La ciudad duerme. El cantar de un barranquero se mezcla con el tufo exhalado a través de la puerta entreabierta de aquella discoteca por donde se evacúan desechos, en un escenario caracterizado por el nacimiento del nuevo día y el fallecimiento de la vieja noche, con el despuntar del alba y el ronquido de un borracho que mal acomodado duerme profundamente en la base de un poste de luz, cómplice de encuentros impúdicos acentuados por el licor, compuerta de pasiones inconfesables y sentimientos malogrados.

 

De repente el joven administrador de aquella taberna bar, de manera apresurada, saca varias cajas negras del lugar y con dificultad las arrastra hasta el taxi, indicándole al conductor – en voz baja – que las oculte y pronto, recordándole que él ya sabía donde llevarlas. Sin titubear el chofer toma una a una las pesadas cajas y comienza a apilarlas en la parte posterior y luego dentro de la bodega del taxi, cuando una de ellas se entreabre y en esta se alcanza a observar un destello brillante proveniente del tacón plateado de Daisy Bustamante, la joven caleña que la noche anterior había llegado sola al establecimiento, pasadas las 11 p.m.

 

Nadie supo qué pasó exactamente con la mujer de 26 años, impregnada de pachuli, imitación chanel No. 5, de blusa negra y escote pronunciado, jeans tan ajustados y desgastados como su misma condición económica, de bolso pequeño y llamativos zapatos altos, de tacón de 10 cm, color plateado.

¿Era acaso Daisy una pelandusca que buscaba ligarse un cliente antes de la navidad, para ganarse unos cuantos pesos de más? ¿Tendría alguna cita clandestina, obtenida desde alguna aplicación de encuentros amorosos? ¿O tal vez era una amante celosa que pretendía sorprender infraganti a su pareja para entonces despojar por completo su miseria en pleno escándalo público? ¿Vendía Daisy algún tipo de psicotrópico? 

 

Aquella noche de secretos se esfumó para siempre, al igual que lo hicieron sus sueños y cadencioso cuerpo. Nadie se percató de tan penoso homicidio. El administrador y el conductor fueron los únicos conocedores del parricidio perpetuado en contra de la despampanante vallecaucana, quien entró llena de vida a aquel antro sin llegar a imaginar que en la madrugada estaría llena de muerte. 

“Una puta menos. No nos vamos a enredar”, dijo con parresia y en voz baja el administrador a su secuaz, en tanto le entregaba un fajo de billetes de 100 mil pesos, en cuyo tiro reposa la mirada del ex presidente Carlos Lleras Camargo, testigo del feminicidio. 

Cuento corto. Autor: Andrés García. Director de Cultura de Risaralda.