La bomba azul

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La bomba azul

Por Andrés García

Recuerdo estar en una fiesta de cumpleaños, vestido de pantalón corto, camisa blanca, chaqueta negra, corbatín y zapaticos de charol. Mis cortas piernas quedaban flotando en aquella enorme silla, al estilo de un escalador de montaña quien al detenerse en su ascenso, reposa y observa la monumental panorámica que la naturaleza le ofrece. Tenía entonces cinco años de edad y mi única preocupación era la de que aquel fotógrafo de la reunión no registrara la bomba azul que yo con denuedo ocultaba a mis espaldas con mi cuerpo. Me apoyaba en ella, prefería reventarla a que alguien la fuese a tomar. Pensaba que si él la veía, todos las verían y vendrían por ella. ¡Era mi bomba! No la del resto.

Las extensas y hermosas piernas de mi madre, quien llevaba su cabello largo hasta la cintura, eran mi trampolín de escape y regreso a la cumbre desde la que contemplaba aquella celebración y observaba a los demás niños y niñas invitados a la reunión, mirando codiciosos mi bomba. No todos tenían bomba propia. No recuerdo saber a ciencia cierta dónde me encontraba ni quién cumplía años. No interesaba. Solo sabía que no era mi cumpleaños. Las ovaciones y los cantos iban dirigidos a alguien más, distinto a mi. Mi bomba y el helado que tenía en mis manos eran motivos más que suficientes para no prestar atención a algo distinto.

Recuerdo que la celebración tuvo lugar en una casa, de paredes grises, en un segundo piso al cual se accedía luego de subir unas escaleras por las que no dejaba de ingresar más gente con más niños de la mano. Más niños, menos bombas azules. Tenía que preservar la mía con mi vida, si fuera necesario. Llegó quizás el momento más esperado de toda fiesta infantil: La Piñata. Como un psicópata incapaz de ver la realidad, el homenajeado – más bajito que yo – lanzaba con fuerza y desacierto reiterados golpes al aire, en sentido contrario a donde la regordeta piñata aguardaba por su destino final, para terminar fragmentándose en los cientos de pedazos que cada infante recogería en recuerdo de su participación en el calórico festín donde las harinas, los dulces, los carbohidratos, más glucosa y más helados y las pocas bombas azules existentes ambientaban la celebración que padres animosos le hacían a su hijo, quien no dejaba de volear palo a lata por encima de todos.

Yo no quise participar de esa piñata. Me robaban mi bomba azul. No valía la pena arriesgar mi globo en látex, el cual había llegado a mis manos gracias a mi madre quien al contemplar mis exaltados ojos se percató de observar en ellos la imagen de una bomba azul danzando por mi iris, como la veleta que caprichosamente se mueve al vaivén del viento. Tomó la bomba y me la entregó. Lo que ella no sabía era que en aquel globo no iba aire. Estaba mi alma condensada en una circunferencia interminable de color celeste, desde la que se veían los rostros deformes de niños queriéndola atrapar y hasta reventar. La bomba azul ya estaba en mí y yo estaba en ella. Éramos uno solo, indivisibles, ambos tan propensos a estallar si alguien tan siquiera acusara separarnos.

Nunca he olvidado ni nunca olvidaré aquel cumpleaños de no se quién. Siempre recordaré mi relación con mi bomba azul, llamativo elemento con olor a plástico, maleable al tacto, brillante como una estrella, repleto de aire, objeto de sonrisas y de mi pueril deseo de posesión y tenencia. Nunca volví a toparme con una bomba igual. Aquella fiesta terminó hace décadas, el neurótico cumpleañero de seguro ha adquirido y visto perecer más de una piñata de sus hijos y hasta nietos pero lo que yo sentí por esa bomba continúa intacto en mi.

Hoy me pregunto, ¿Cuál es o cuáles serán esas bombas azules a las que me aferro ya de mayor? www.infinitepowertraining.com